2010/08/02

hemeroteka | Estrecho pero feliz en mi minipisito

Imagen: El País
Estrecho pero feliz en mi minipiso
Lo dijo la ministra: "soluciones habitacionales" para jóvenes dinámicos. Son antídotos ideales contra los invitados inoportunos. De vajilla: la que lleva un 'boy scout' con papel higiénico de doble uso. La aventurada/o que pernocta tiene claro que el casero aspira a aparearse.
Ramón Muñoz, 2010-08-02

Estoy a punto de comprármelo. Ayer cerré el último sablazo familiar. Una tía más viuda que la araña negra y más forrada que la heredera de L'Oréal que, a falta de chulo, ha accedido a prestarle a su sobrino favorito el pellizquito que le hacía falta para completar la entrada. Me costó cinco visitas con pastitas de Madroño, unos callos de Lhardy, dos tabletitas de guirlache de Casa Mira, dos anguilitas ahumadas de la Alemana y una docena de croquetitas de Casa Julio. Y es que mi tía Alfonsa tiene el saque de una boa y una astucia pedigüeña antigorrones que roza la perfección. Si se huele que le vas a pedir algo te lo saca antes en especie. Con lo del pisito, sabía que me tenía en sus manos, y la muy ladina apretó todo lo que pudo. Al final, le saqué la pasta al Euríbor más 0,75. Todo un triunfo tratándose de mi tía.

Lo doy por bueno porque solo de ver los planos de mi minipiso me entra el tembleque de emoción. Treinta metros cuadrados de puro aprovechamiento, un poco a la nueva Bauhaus, aunque en plan modesto, sobre todo en la luminosidad, que llega de unos ventanucos muy coquetos como ojos de búho y casi de su mismo tamaño. Mejor así. Es sabido que la radiación solar daña los barnices y las tapicerías, y no digamos nada si te olvidas un “tetrabrik” de desnatada encima de la mesa.

Los minipisos tienen mala prensa. A la primera ministra de Vivienda de ZP se le ocurrió hacer del minipiso la bandera de su política y le costó el cargo. Es cierto que la tal se hizo construir un despacho zen en el que cabían dos minipisos, pero ¿quién no ha tenido alguna vez un capricho oriental? Y lo bien que los vendía. Donde otros veían "infraviviendas" para pobres “desgraciaos”, ella veía "soluciones habitacionales" para gente joven y dinámica.

No se entendió su visión profética. Pura lógica sociológica: si los jóvenes están condenados al “mileurismo” de por vida, y la vivienda está por las nubes, o se resignan a quedarse en su dormitorio de “casa-papuchi”, o se liberan a costa de estrechar miras y espacio vital. Es decir que, les guste o no, nuestros jóvenes están condenados a vivir literalmente entre cuatro paredes. Y, digo yo, que siempre será mejor que la habitación sea tuya, con su neverita para meter las “mahous” y un plasma -nunca mayor de 14 pulgadas- para ver “seriesyonquis”, que no morar en la “domus” familiar, con servicio de todo incluido por cortesía de mamá pero bajo libertad vigilada.

Se mire por donde se mire lo del minipiso son todo ventajas. Para empezar, está todo a mano. Si alguien te visita ni siquiera te tienes que levantar del sofá.

-¿Dónde están los vasos?

-En la encimera, junto al fregadero.

-¿Y el abridor?

-En la encimera, junto al fregadero.

-¿Y el mando de la tele?

Adivinen.

Hablando de visitas, los minipisos son un antídoto ideal para los invitados inoportunos, en particular, esas parejitas recalcitrantes que se dejan caer con cualquier excusa, ya se vayan o vengan de vacaciones, se queden embarazados o hayan decidido adoptar, porque pasábamos por aquí o porque hace mucho que no pasábamos y nos hemos dicho... La táctica es infalible: te aposentas en el sofá y como solo queda una plaza, el de la parejita que se queda de pie se impacienta. Además, lo escaso del mobiliario y la decoración no da ni para tres párrafos de conversación. Así que a la mínima te sueltan eso de "estos pisos son pequeños pero muy monos", y se largan en busca de otras víctimas.

El minipiso también previene contra el consumismo desbocado. No hay espacio más que para lo imprescindible. Así que nada de colecciones de libros ni de DVD. A darle al “streaming” que es gratis, mal que le pese a la SGAE. Y de vajilla, la que lleva encima un “boy scout”: cuchara, cuchillo, tenedor, plato hondo y rollo de papel higiénico de doble uso (para limpiarse las manos y el obvio). ¿Y las visitas? Pues que vengan cenadas, traigan palillos o coman con las manos.

No ocultaré que la falta de espacio acarrea sus inconvenientes. El mayor de ellos es que solo puedes visitar el Ikea una vez, para equipar el pisito. Luego, está prohibido acercarse al bazar sueco porque la tentación de comprar objetos absolutamente inútiles pero irresistiblemente “diseñosos” es incompatible con el volumen cúbico de nuestro habitáculo. Y de gatitos y perritos también hay que olvidarse. Hormigas, cucarachas o cualquier insecto hogareño pueden sustituirlos como animal de compañía.

La estrechez también beneficia a la pasión amorosa, sin preámbulos innecesarios y sin complicaciones de futuro. Me explico: la aventurada/o que decida pernoctar ya tiene claro que hay una única cama y que, salvo error o curda de espanto, lo lógico es que el casero aspire a aparearse. Y a la mañana siguiente, cada mochuelo a su olivo, o a su miniolivo, porque en estas angosturas lo de vivir en pareja como que no, y menos aún lo de pensar en descendencias (¡Viva yo! ¡Niños fuera!).

Habitar en 30 baldosas no tiene por qué estar reñido con la armonía. Sigo a rajatabla los cánones del “feng shui”. El más sagrado, el de que la puerta de entrada dé paso a un recibidor amplio, la cumplo al 100%, pues justamente el recibidor es toda la casa. Y no digamos de la norma de que a la hora de sentarse a comer no queden sillas vacías. ¡Si apenas me cabe un taburete plegable!

Este es mi hogar. Ni mansiones ni palacios envidio. Me quedo con mi minipiso.

Fuente | El País

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